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Entrevista a Carös (Carlos Areces)

Por Borja Crespo (*)

Carlos Areces (Madrid, 1976) está de moda. A pequeña escala quizás, pero ya son muchos los individuos despiertos que le rinden culto, no necesariamente aficionados recalcitrantes al noble arte de las viñetas. Es conocida mi predilección por los autores polivalentes, por los seres ubicuos, por los artistas-personaje que mucho abarcan y aprietan y aprietan, por ello toca dar cobijo en esta sección con espíritu multidisciplinar a un dibujante en estado de gracia que, además de colaborar en El Jueves, entre otras tareas incendiarias, es uno de los actores de Muchachada Nui, el programa antes conocido como La Hora Chanante, maquillado para respetar los derechos sobre el título y los personajes en posesión de Paramount.
     Dibujar no se le da nada mal a Areces, y ser un emergente rostro televisivo ha terminado de catapultar su particular visión del mundo. El humor absurdo es lo suyo, como bien puede verse en las páginas de su primer álbum, “Sabe Dios”. La propuesta, una recopilación de historietas de la serie “Ocurrió cerca de tu casa”, publicadas en “la revista que sale los miércoles”, es “una colección de desvaríos y situaciones violentas, absurdas o tontas”, según él mismo comenta. “También hay juegos de palabras idiotas, que me gustan mucho”. El muy bribón no se corta un pelo a la hora de mostrar chistes salvajes, donde el gore campa a sus anchas. Humor negro del bueno, como el carbón. “Supongo que habrá quienes me acusen de bestia, pero tienen la educación de no decírmelo a la cara”, señala con gracejo. “De todas formas, tampoco tendría mucho sentido que un lector de El Jueves se escandalizara por mis páginas. Ni siquiera cuando dibujaba para Mister K, que era infantil, tuve problemas con mi crudeza, y eso que los chistes no estaban muy rebajados”. En la extinta revista para chavales, que siguen algo olvidados en nuestro mercado, el tema tabú era el sexo. “Es gracioso, porque en Mister K teníamos una supervisión de las páginas para que no nos pasáramos de la raya. En una ocasión, Maikel, el director, me sugirió que cambiara un chiste en el que un chico y una chica se habían hecho un nudo con las lenguas al besarse porque lo encontraba demasiado obsceno. Me propuso que aparecieran enganchados por los aparatos de dientes, lo que, a sus ojos, era menos explícito. A mí me encantó, me pareció aún más sórdido, más Cronemberg. Lo curioso es que debajo de esa ilustración, había otro chiste en el cual se podía ver a un tipo que acababa de acostarse con un caballo que tenía un velo de novia. Ese chiste sí que se publicó sin problemas, y nadie llamó para quejarse”. Aaaaay, la doble moral...
     Areces es “un vicioso del papel estucado, por eso lo pasé tan mal cuando El Jueves se imprimía en papel reciclado. Como mi página era de las últimas, yo rezaba porque se retrasara lo suficiente como para que se imprimiera en la contraportada, que era el único pliego de papel en condiciones”. Habla sobre la polémica de la denuncia a la revista que le da de comer: “Lo más absurdo es que hay quien nos ha acusado de provocar el escándalo a conciencia, como si alguien se pudiera imaginar que algo así podía ocurrir hoy en día. Me podía haber tocado a mí. El chiste de la portada se decide en un consejo de redacción, y luego se le encarga a un ilustrador que esté libre. Unas semanas antes, firmé una portada en la cual el Príncipe Felipe decía que iban a llamar a su hija como a la abuela: Ah, ¿Florero?-, preguntaba un periodista. Gracias a Dios, esa portada no la sacaron en el Tomate”.
     Antes de pasar a formar parte del actual equipo habitual de “El Jueves” se autoeditó dos cuentos que mezclaban la imaginería infantil con cierta escatología: "Chechu se caga de miedo" y "Vamos a contar cosas cochinas". “¿Qué es la escatología, sino la quintaesencia del humor?”, defiende. “Es la forma de humor más básica y, por lo tanto, la más efectiva. Y a los niños les encanta, les mata de risa. En mis libritos he explotado esa temática que tenemos en común con la más baja de las intenciones: que le pidan a sus padres que se lo compren. Aunque creo que erré el target, porque lo compraron más adultos y eternos adolescentes que niños”. No encontró ninguna editorial que se lo publicase en su momento. Ahora, probablemente, más de un editor despistado se está tirando de los pelos. “Yo soy bastante cagueta a la hora de arriesgar mi dinero, pero era una necesidad física autoeditar el material”, cuenta. “Cuando salió el primero, me dio una depresión postparto, porque los colores no tenían nada que ver con los que yo había visto en mi ordenador, pero de todo se aprende. Como tenía mucho tiempo libre, me dediqué en cuerpo y alma a distribuirlos. De Chechu he vendido ya dos ediciones de 1000 ejemplares cada una, y preparo una tercera de 2000. De Cosas Cochinas, vendí una edición de 2000. Para mí son todo un éxito de ventas”. Efectivamente, no está nada mal.
     ¿De dónde viene tanto afán por mostrar a tiernos infantes trasteando con objetos punzantes? “Me gusta descontextualizar a las personas, sus situaciones”, responde con entusiasmo. “Meter algo de violencia, o de realismo, en temáticas generalmente afables o educativas te da un elemento de sorpresa que resulta cómico. Presentar a dos delincuentes traficando con órganos humanos no es gracioso, pero si lo hacen dos niños con los órganos de sus padres porque se quieren comprar una PlayStation sí lo es, es evidente. No te lo esperas, sobre todo si el entorno de los niños es el tuyo, un hogar civilizado y familiar. También encuentro gracioso que, en un chiste, te cause daño la gente que se supone debe protegerte, como profesores, médicos, canguros, bomberos... pero no como muestra jactanciosa de un abuso de poder, sino por descuido de sus obligaciones, por un desequilibrio mental o como resultado de una broma que se les ha ido de las manos. Mezclo los elementos infantiles con la temática salvaje porque son contrapuestos, pero también me gusta descontextualizar otro tipo de personajes, como los animales que adquieren hábitos humanos, la escatología en lugares refinados o los personajes famosos que reaccionan ante diversas situaciones según su idiosincrasia”.
     Artistas como Charles Addams, Franquin, Chris Ware, la escuela Bruguera, con Ibáñez y Vázquez a la cabeza, Scott Addams o Gary Larson influyen en la obra de Areces, que también le da a la animación. “Tengo varios pilotos de series, como SuperBollo, Las Páginas Wes De Juan Javier o Guillaume, El Niño Paranormal que, por diversas razones, nunca han llegado a más. Los derechos no son míos, las hice todas para una empresa que las guarda con tesón en un oscuro cajón del sótano. Ahora mismo, preparar cosas de animación me parece un rollo: se tarda mucho, el trabajo es muy monótono y, generalmente, está muy mal pagado”. Para “Muchachada Nui” ha creado Los Klamstein, “las aventuras de una familia, la familia que siempre quise tener”. Kricfalusi es una de las mayores influencias en esta faceta. “Conocí Ren y Stimpy en la facultad de Bellas Artes Un amigo grababa los capítulos en vídeo y luego nos reuníamos en pandilla para verlos. Eran hipnóticos, nos pasábamos tardes enteras viéndolos, no podíamos dejar de repetir sus frases de memoria. Aún recuerdo alguna: ¡shhhh, las paredes muerden!, ¡¡¡enanos de circo!!! o me gusta la gente que, como yo, disfruta de su propia desnudez”. Le ponen también Los Simpson, Futurama, Bob Esponja, Las Supernenas, clásicos como Sherlock Holmes y El Show De Los Muppets, Pixar, Bill Plympton, Richard Williams, la UPA, Chuck Jones, Max Fleischer, incluso Disney… “También te diré que no soporto la animación de Dreamworks, Shrek le robó el Oscar a Monstruos S.A. Ni la de Blue Sky Studios, y no acabo de pillarle el punto a South Park ni a Padre de familia”.
            Por si las labores antepuestas no son suficientes para exprimir el tiempo y las neuronas, el prolífico Areces también le da a la música. Es miembro activo del dúo Ojete Calor, un nombre de lo más exquisito que apunta maneras de electropetardeo. “Es el primer grupo de subnopop del panorama español”, explica. “Letras básicas, ritmos hipnóticos y ausencia de metáforas, métrica y sentido del ridículo. Musicalmente, somos lo más parecido a lo que quedaría en el retrete tras dos horas de digestión si Prince se comiera una partitura de Parchís rehogada con un buen vino manchego. Se trata de la primera revolución musical que, lejos de querer cambiar la sociedad, reivindica la necesidad de que se estanque, e incluso de que retroceda un poco”. Algunos de sus éxitos son Chasca, 0’60 o Política. Suenan a Astrud puestos de vino de tetrabrik y anfetas caducadas. “Unos desalmados nos engañaron haciéndonos creer que nos editarían un disco, pero resultó que no tenían ni puta idea de cómo hacerlo. Ahora sabemos que, como grupo maldito que somos, nuestras canciones se perderán como lágrimas en la lluvia, o quizá la gente se las baje del Emule”.
            ¿Cómo aguanta tanto ajetreo un individuo multimedia de esta calaña? “Me estoy pagando la reforma del piso, pero joder, qué agobio”, suspira. “Soy un tipo apacible y tranquilo, éste no es mi biorritmo. Recuerdo cuando me gustaba dibujar por placer. Ahora se ha convertido en bajar a la mina. Y claro, tampoco es plan de ir despreciando trabajo, porque este mundo es absolutamente irregular. En El Jueves me pagan menos que en televisión, pero es un trabajo más fiable. En televisión, lo normal es tener trabajo tres meses y luego rezar para que te renueven”. Si tiene que quedarse con alguna de sus inclinaciones artísticas, se queda con la de actor. “Es la más inmediata”, afirma rotundo. “Es el trabajo que lleva menos tiempo preparar, la que más gente puede ver, la que más repercusión tiene. Aunque me encuentro más seguro de mí mismo dibujando. En realidad, delante de las cámaras, la mayoría de los compañeros con los que he hablado y yo tenemos una sensación de qué-carajo-hago-aquí-espero-que-nadie-se-dé-cuenta-de-que-este-no-es-mi-sitio. Me pregunto si a Liberto Rabal o a Najwa Nimri les pasa lo mismo”.

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(*) Borja Crespo (Bilbao, 1971) escribe habitualmente sobre cómic en diferentes publicaciones, especialmente en el diario El Correo, es autor ocasional de historietas (las últimas incursiones, en El Manglar y Dos Veces Breve, y Dolmen Editorial acaba de anunciar que en 2009 le publicará un volumen de historias cortas titulado Te hiero), y ejerce de cabeza visible de la organización del Salón del Cómic de Getxo.

Texto de Borja Crespo, cedido para Guía del cómic. Entrevista publicada originalmente en El Manglar #5 (Dibbuks, noviembre de 2007). Página creada en mayo de 2009.